Y
este era Yo, dieciocho años y otra
mañana fría en la que el mundo me odia y yo lo odio, aunque esta mañana parecía
odiarme más.
Era
mi cumpleaños y me quedaba sin techo,
dieciocho años se supone que
significa ser un hombre adulto responsable
de mi mismo, tal vez si hubiese tomado el consejo de la señorita Lucía,
de cortarme el cabello y rasurarme la
barba, tal vez así hubiese conseguido un trabajo y con un trabajo, una casa, un
cuarto, o algún maldito sitio donde dormir. Pero, de todas formas no se espera
mucho de un chico que paso 10 años en un orfanato sin ser adoptado, siempre
habían chicos más alegres, yo nunca pude ser así desde… aquel día, al final
cumplí la mayoría de edad y ya no puedo estar ahí, hay poco espacio y ya debo
defenderme solo.
“¡Hola
niños!, la palabra del día es: - Mierda
-”
¿Qué
otra palabra define mejor mi situación?, parado en la calle con unas pocas
monedas y billetes arrugados que los huérfanos pequeños me obligaron a traer,
no pude luchar contra sus inocentes caras sucias repitiendo que me ayudarían y
me darían algo de suerte para el camino. ¿Suerte?, esa palabra hace once años no existe en mi
vida.
En ese instante tropecé con un hombre que me empujo y caí en la mitad
del parque, suspiré y vi el cielo fijamente.
“Suerte”,
recordé los rostros de los enanos con los ojos llorosos igual que la señorita
Lucía mientras que con la voz acongojada en su pañuelo repetía.
-
Nico…mi Nico… -
Diez
años pudriéndote en el orfanato y que nadie te adopte, ¡No me importa¡ ¡No los
necesito!
Mis ojos empezaban a bañarse en lágrimas frías como
el invierno que azotaba las calles.
Recordé
su voz dulce susurrando:
-
Siempre te cuidaré –
Ella,
esa dama que recuerdo con esfuerzo…mamá.
-
¡BASTARDO¡ -
Grité tirando una roca con fuerza que reboto golpeándome en la frente y cuando los
recuerdos inundaban mi mente caí de espaldas y susurré:
-
Gracias mundo, Yo también te odio –
Luego, perdí el
conocimiento.
Creo que será usted mi escritora favorita.
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